martes, 21 de julio de 2015

CLVII

Términos, terminales.


Unas palabras quisieron decir
que las palabras quieren decir
que no quieren ser dichas.
Dijeron a quien, sonriente, predica:
de paradoja morimos.
¡Ah! Confluimos en el no ser.
No ser cuya cualidad nace y yace en-de ser, 
de ser decir, de no ser más que decir;
decir de lo que es sin ser lo que es.
¿Qué es lo que es?
Decir, sin querer.
A cualquiera, dije, queriendo no decirte.



Stéphanie Pau Tombetta

jueves, 9 de julio de 2015

CLVI

Instante que toda vida espera
de reojo
de olvido
de sangre
de espera
que espera
para no esperar más.

Gracias, vida.
Gracias, razón.
Gracias, dolor.

Gracias, ustedes.
Gracias, amigxs.
Gracias, extrañxs.

Gracias, alcohol,
Gracias, cielo.
Gracias, canción.

Gracias, sentidos.
Gracias, respeto.
Gracias, perdón.

Perdón, vos.
A ustedes, ¡perdón!
Cuerpo mío, perdón

Gracias, familia.
Gracias, belleza.
Gracias, amor.

Gracias, vida.
Gracias, palabras.
Gracias, muerte.

Adiós, verde.
Adiós, sol.
Adiós, vos.
Adiós, yo.

¡Gracias, vos!
¡Abrazos!
¿Yo qué te puedo decir?
 



Stéphanie Pau Tombetta

CLV

Si pudieses saber
Vida mía.
De mí, vida, muero. 
De mi vida, muero.

Otra noche hacia mañana,
no me fue algún sabor convidado.

No sabido sabor.
Aplasté el último cigarro.
Es que mis manos
pesan, destrozan.
Frágil, fracciones.

Es que nada sabe,
¡nadie sabe!
Nadie sabe saber.
Y todo es oropel.

No hay sedantes para la razón.
Mi seguir se aúna a la reflexión.
En copas se levanta la falta
para celebrarme en su posesión.

Y al mirar al espejo,
oí el sollozo del muerto.
Duele el eco.
Hasta la sangre
duelo.

Stéphanie Pau Tombetta

jueves, 2 de julio de 2015

De limitaciones, manifiesto.

Ni forma ni morfema.


Toda la vida me dijeron que Yo era ella y yo, claro, viví ese rol porque sí, de infante, de ignorante —lógicamente, en aquella inocencia-inconciencia, de mí y de todo lo demás—, de autómata, de siempre confiada en que si lo decían mis padres era porque, seguramente, así era. Yo era ella y no usaba vestiditos, ni pelo largo ni corto: medio un carré exagerado, el carré satánico de los noventa. Cada tanto me pintaba jugar con muñecas, también se daba que improvisábamos un fútbol de tres con mis hermanos. En épocas que vivimos en casas con parque, disfrutábamos del pasto, los árboles y allá, muy a lo lejos y difuminadxs, puedo ver cómo corríamos, jugábamos a las escondidas, pistolitas de agua en verano, enfrentamiento de grillos (perdón, grillos), treparnos a un pino y pasar horas ahí colgadxs. De todo. También jugaba con autitos, soldaditos, me encantaban. En alguna que otra ocasión hemos hecho planear barriletes. Nos dimos todos los gustos que pudimos. Y, aunque me resulte triste, poco recuerdo en detalle, pero siento, siento mucho ese recuerdo vago y qué ameno, me digo. Una infancia preciosa, llena de juegos y travesuras, en compañía de mis dos hermanos mayores —Hermana llegó ya en mi salida de la infancia—.
De la mano del olvido, doy un salto a los once o doce años: ya mi cuerpo y mi mente habían olvidado todo aquello de la infancia —lo había olvidado en serio—. Mi cuerpo, mi mente, mis emociones, todo ese compendio de de todo que hacen a un Yo, a mi Yo, empezaron a ser un espacio de dolor, de heridas, de vergüenza, de clausura, de bronca hacia quien estaba siendo, de incomprensión hacia aquel ser púber Stéphanie, mas también de sensación de incomprensión de parte de lxs demás hacia mí. Yo fui Stéphanie, una nena, una puberta, una adolescente. Y acá me detengo: no sé si fui esa nena, esa adolescente. A decir verdad, no sé quién fui o, bien, pienso, acaso lo que fui fue una búsqueda, la que me llevó —trajo— a quien vengo siendo hace unos años: Stéphanie, ni mujer ni varón, ¿entonces ni? No, Stéphanie, alguien y nadie, para quien no me conoce.  Ni ella ni él. De a ratos, mi cuerpo me sigue siendo un rincón —aunque ínfimo,enorme— de pudor, de sufrimiento, de encierro. Pero, ¡paremos la rotativas!, interviene la razón, entonces no, pudor de qué, por qué sufrimiento, qué me encierra. Esta —a veces, hasta atroz— incesante capacidad de pensar, reflexionar, ahondar, ahogarme, me dice: pudor de ser un cuerpo, un cuerpo que no soy y no, tampoco quisiera ser aquél otro ni aquél ni ni ni; sufrimiento por no saber, ¡no poder!, desplegarme en esta corporeidad como si fuese algo natural (¡como la respiración! Y qué terrible reparar en que la estoy accionando, sin saberlo, sabiéndolo), algo libre, algo que me haga sentir que soy yo, que este cuerpo también soy yo, este Yo de la conciencia a todo vapor, Yo que ama desesperadamente y habla y dice esto y no sé qué otra cosa, ya no me escucho. 
Entonces, continúo en este camino acaso introspectivo y... ¿encierro? Claro. Mi ser, mi esencia, lo más subyacente, todo eso de allá, no sé dónde está, pero está, limitado, oprimido, sujeto a la materia, a una forma tangible, tangible y de biología de «mujer», pero, ante todo, ¡a una forma! ¡Tangible! Una-forma-tangible, carne y huesos y bla, que de un momento para otro, naturalmente, serán de la descomposición. Rebasante de extrañeza y desesperación, miro —y sí, si estoy materializando estas palabras es porque intermedia un cuerpo. Obvio, che, pero qué tan obvio—, me miro, este cuerpo, esta mente, este Yo: ¿quién soy? ¿Quién quiero ser?
No lo sé. Pese a que no muy alentador, sé quién no soy: no soy ella, no soy él, no soy este cuerpo plenamente, no soy ese reflejo que me devuelven los espejos. Y, ¡momento!, soy mi mente, sí, con resuelta firmeza lo asevero, soy mis emociones, también (y si sentís es porque sos del cuerpo) Como todxs, una contradicción tras otra, mis pensamientos y mis sentires, tanto los más bellos como los más asoladores. Bueno, ¿y ahora? No sé, ¿ahora cómo me nombro? ¿Boludo? ¿Boluda? ¿Boludx? Qué sé yo, la lengua me come. Ni idea, creo que estoy más en esa equis que en otro morfema. Pero ni idea, eh. Estoy. Los motes me carcomen. 

Apartado cercano: anhelo fervorosamente que, algún día, en algún instante de la historia de la humanidad, dejemos de hablar en términos de géneros, ni binarios ni hacernos de su antítesis «no-género», qué de terquedad, si esa oposición tiene posibilidad de ser es, justamente, por su cualidad de ser. ¡Entonces no! Que no sea. Género, ¡no seas! ¡No seamos género! Decime pesimista, no me digas luchador: ya no seré, habré caducado. Pero en mi jocoso imaginario luce repleta de una alegría estupenda esa realidad. 

Ni idea. Soy. No entiendo mucho esto de ser. O sí. Soy Stéphanie. Stéphanie Pau Tombetta. Me encanta el café.