jueves, 29 de agosto de 2013

¿Ponerle nombre a lo inefable?

Por el cauce
Y es tan tarde, tan tarde, ya te quiero. 
Se encuentran, se escurren. Juegan a ser dos fugitivos de la vida.
Se quieren, es su juego. Se zambullen a la actividad lúdica: se miran, se palpan, voces y miradas, procuran diversión en un fisgoneo, imaginan un barranco y por él ruedan hasta dejarse caer.
Arrastrados en el brío se entregan. 
Anhelo, versos y licuado de besos.
Y siempre va a ser temprano, aunque ya sea tarde. 
Salto. Retozo. Juego.
 Te quiero.



Stéphanie Pau Tombetta

martes, 27 de agosto de 2013

LXI


Las inclemencias de mi tiempo arrasan,
el vacío inunda y devasta mis espacios.

Tu amor recursivo me envuelve, refulgente terneza,

atravieso a la sombría seductora y reverdezco.

En la reverberación de este nuevo alborear de flores amarillas, 

me impulso a dar el salto más acertado y me apoltrono a tu lado.



Stéphanie Pau Tombetta

martes, 20 de agosto de 2013

LX


Hacia el interior, el alma.
Más hondo, el dolor encarnado.
Una decisión en la lista de espera.



Stéphanie Pau Tombetta

sábado, 17 de agosto de 2013

LIX

Crepuscular

Si me habré perdido para encontrarte,
que te hallé sin buscarte,
que de mí te apoderaste y no titubeé al entregarme.


Stéphanie Pau Tombetta

martes, 13 de agosto de 2013

LVIII


En la perdición de la vida,
en el ocaso hasta de las palabras,
tu mirada encontré y de tu lejanía me alejaré.


Stéphanie Pau Tombetta

sábado, 10 de agosto de 2013

LVII


Besar una llama entre las cenizas de la muerte.
Oír el llamado de las campanas del averno.
Hoy me quedo, propongo mi renacimiento.


Stéphanie Pau Tombetta

miércoles, 7 de agosto de 2013

Uno más, uno menos.

Aturdimiento

            Y ya sabía la respuesta, también la conocida y trajinosa salida. Me hizo la pregunta, quedé petrificado, mi lengua se escabulló; su pregunta y sólo el rechinar de mis dientes. Cómo decirle con claridad aquello que pienso y tanto ansío. Qué funesta situación, che. Sólo me miro, me inspecciono para tener la certeza de no darle algún mensaje subrepticio con mi parpadear o, tal vez, que mi mirada delatora se lo contara. Un autorretrato único, les puedo asegurar.
            Me zambullí en la ilusión de vida que todavía cabía en mí para seguir. Allí me mantuve. Me sentía pegajoso, una larga conversación y esa pregunta, como si con lo demás no le hubiese bastado a mi inconformismo. Y ella, su forma de mirarme, de revisar que lo que estuviese por salir resonando de mi boca no fuese lo que jamás habría querido oír.
            Estaba sólo invitado a nadar ese momento. Qué le importa ahora a ella mi cargamento, mi pasado. Le interesa conocer alguna minucia de mi futuro, el que sin haber llegado, ya me ha convertido en uno más de sus condenados. Pero la pregunta y su consecuente respuesta, eso que ella añora. Y yo, yo qué, el futuro ya va a llegar, en tanto voy a dejar que el tiempo haga de las suyas conmigo.
            Sentí cómo mi mente se convirtió en un mar, puro oleaje incontrolable, violentos pensamientos sumergidos en turbulentas aguas querían salir a flote, respirar, sólo una bocanada de aire y ya, un alivio. Pero qué es un alivio sino un trozo fugaz de falso bienestar. Yo me voy a volver a ahogar.
            Y no lo iba a poder evitar, una devolución tenía que darle, y cómo me apena no ser compinche de la mentira. Hubiese querido leer mi guión y expeler este pasaje. Mi guión de vida, ¿alguien lo tendrá? Yo no quiero seguir interpretando este papel, hace mucho se quebró. La inercia me despojo de él, de la vida, el dolor me tiene alquilado y me mantiene con azotes de este lado, flagelado. Incrédulo, aquí sigo y no le puedo contestar.
            Siempre viviendo conmigo, durmiendo solo, caminando solo en medio de multitudes de cuerpos manejados que nada de mí saben y si un “algo” supiesen, huirían despavoridamente porque, si me preguntás, yo te diría que todos deberíamos estar muertos. Así moriré a solas, yo y todos los que somos acá adentro, a solas.
            Perdoname si tanto me cuesta mirarte y decirte algo. Te contaría más sobre mis glorias, mis penas ya te las sabés de memoria, siempre fui tan reiterativo acerca de ellas. Pero ni una palabra puedo siquiera balbucear, estoy helado, muerto de miedo.
Ya nadie me puede salvar. Todos tus intentos y los de los demás, tu afable compañía, tanto para seguir clavando mis pies en arenas movedizas, tantos remolinos más que me envolverán y arrasarán sin siquiera rozar el hastío. Vos de ese lado junto a los demás y yo, acá, inundado por el vacío que nunca me dejó de atosigar, por la vil desesperanza que se apodera de cada escaso viso de tranquilidad. Reposo mi cuerpo sobre las trizas de dicha que alguna vez ciertamente pude palpar, la que hoy ya ni siquiera está posibilitada a ser una ilusión. Navego en la desidia de la vida, ésta que me tiene sin cuidado. Un naufragio a la deriva o a la nada misma y digo: ojalá pudiese tomar esa forma concreta y abandonarme para nunca retornar, si total ya no va a haber mañana.
«La vida me engañó, querida –más bien, amada con furia–», sólo lo pensé pasajeramente, no imaginé decírselo.
            Mis movimientos son en forma de espiral y sé que así van a continuar hasta que yo, sólo yo, les dé el merecido final.
            Qué pusilánime, estoy acá sentado junto al silencio. «Se lo tengo que decir», me aseguré. Su mirada expectante de al menos una expresión, un gesto y aunque sea intentar descifrarme. Sus pómulos rosados que me hacen rememorar todo el camino junto a ella transitado, toda una vida, mi vida.
«Fenecer», muy por lo bajo y tajantemente pronuncié. No quería escucharme, me pidió que se lo repitiese. Lo hice: «Fenecer, al igual que vos, al igual que todos. Yo estoy a su espera». Se lo dije como si realmente estuviese aguardando dulcemente aquel momento.
No quise ver su reacción, quizás porque ya sabía cómo se iban a desmoronar sus pliegues y la catarata que de sus lagrimales vendría a tierra.
Nunca me entendería y tenía esa certeza desde el preciso instante en que se atrevió a preguntarme qué estaba esperando de la vida.
Al fin y al cabo, ya no importaba su compasión, mucho menos alguna difícilmente lograda empatía. Yo ya estoy excomulgado de la vida y soy un preso de mis miserias.
Ella no me entendió y jamás podrá hacerlo, yo no podré entender este fenómeno al que llamamos “vida”, simplemente no creo en ella. Supongo que pronto tendré que hacerlo. Va a estar bien.
Qué lástima ser estos envases de muerte que somos Y sí, nacimos para morir.



Stéphanie Pau Tombetta

martes, 6 de agosto de 2013

LVI


Hallo

Jaula sin llave, ni siquiera sé si tendrá cerradura.
Voces estrepitosas me confunden en el estupor de esta condena.
Si aunque sea hubiese sabido que no tiene puerta.



Stéphanie Pau Tombetta

viernes, 2 de agosto de 2013

LV


Fluir en la cotidianidad, mirar y sólo observar.
Cada uno de todos los días, la acción.
Cómo desprenderse de este hacer sin trascender.



Stéphanie Pau Tombetta