miércoles, 31 de julio de 2013

LIV


La desesperanza, el sinsabor,
el sopor se apaciguó al oír tu voz.
Melodía tenaz de pájaro de vuelo celestial.


Stéphanie Pau Tombetta

lunes, 29 de julio de 2013

LIII

Oscuridad impune,
llanto invernal,
carámbano punzante.

El frío tiene miedo, el miedo me contrae.
El desasosiego y su ubicua silueta.
Parto hacia lo incierto. Desaceleramiento.
Arrancame la esperanza de vivir en esta gélida oquedad.


Stéphanie Pau Tombetta

domingo, 28 de julio de 2013

LII


Destellos la acobijan.
Se desvanecen en su interior.

Estampida en frenesí,
engendra el estallido.

Polvo de tierra vagando en derredor.
Sucumbe implorando salvación.


Stephanie Pau Tombetta

jueves, 25 de julio de 2013

LI


Estalactitas, gotas heladas recorriendo la cara.
Esta vida desdeñosa que te margina y ya, a un lado.
Deseos ateridos por la voracidad de este invierno en frenesí.



Stéphanie Pau Tombetta

martes, 23 de julio de 2013

L


El murmullo del aire,
el secreto universal de los árboles,
la visión microscópica de las nubes,
el campo florar en tu sonrisa fulgurante,
mis días huérfanos adoptados por tus brazos bragados. 



Stéphanie Pau Tombetta

lunes, 22 de julio de 2013

XLIX

Exilio 

El espesor del silencio,
la densa lobreguez de las noches,
el aullido de jauría del alma,
¿qué más sino la consciencia
de tener a la muerte encarnada?



Stéphanie Pau Tombetta

sábado, 20 de julio de 2013

XLVIII


Labios superpuestos se socavan mientras es eterna la eternidad.
Caricias, manoteos enternecidos cenidos por este brío.
Plumas en derredor bañan mi interior.
Acurrucamiento, trizas convergidas en dos expectantes de amor.
Se cierran mis ojos, voy a tu encuentro.


Stéphanie Pau Tombetta

Añejo.

Autodeterminación

Nunca a solas, innumerables ojos por encima suyo. Era una sola cosa, bajo lupa, atomizada, junto al inapelable fastidioso suplicio que en su estar yacía.
            El experimentado cedía a los procedimientos, el experimento avanzaba. Hasta antes de aquel día, del que poco quisiera recordar, el fenómeno estaba correctamente controlado. Investigadores tenaces, loable la observación: cada minucia del estudiado era inscripta en las notas del día, las rutinarias.
            Un método al que todos le atribuíamos la cualidad de infalible. Pero, frente a este fenómeno, que solía presentar alguna resistencia y se lo creía un tanto indómito, esta característica perdía, de a poco, su esencia.
            No cualquiera. Éste no permitía estar detrás de la vitrina ni por debajo de microscopios tan bien calibrados.
            Algunas veces, temprano, en la plenitud del alba, se escabullía y aquellos agentes de la ciencia escasas demostraciones de él lograban detallar. Un fallido, no el único, menos el de mayor importancia.
            Aquel día, aquel día, se me desintegran las palabras… Tras algunos obstáculos que impedían visualizarlo en su integridad, un día, ese día, un descuido. Escapó. No sólo de esas tibias miradas que lo analizaban y de él cuidaban.
            Aprovechó la oportuna oportunidad y huyó hacia el espacio prohibido, donde no era visto, ni siquiera a sí mismo en el reflejo de alguno de esos incontables cristales de la sala. Escapar, eso que le hacía falta. Seguro estaba de que así entorpecería el arduo trabajo científico.
            Destruyó varios de los datos hasta entonces obtenidos. No podría pasar por alto el ruido que se oyó, proveniente de esa casi siempre vigilada habitación. Estrépitos de vidrios reventados, desparramados por todos lados, destrozados. Cómo pudo suceder lo que aconteció, no lo sé. Ni que esta rareza examinada fuese un vigoroso animal salvaje.
            Ocurrió. Estropeado el lugar quedó. Atisbos de que el método falló. La certeza de que el objeto es fallido en sí mismo.
             

Stéphanie Pau Tombetta

jueves, 18 de julio de 2013

XLVII


Dejame nadar tus miedos, aguas beligerantes.
Me privaré de olvidarte entre tumbos y vaivenes.

Desterrame de aquel abisal precipicio, telarañas y gran agujero.
¡Ah! No me abstendré de absorber tu magia en cada amanecer.


Stéphanie Pau Tombetta

lunes, 15 de julio de 2013

XLVI

Vórtice.

Begonias seducidas por besos.
Besos, hechizantes aciertos bestiales.
Bestias se arropan de una boca a la otra.
Bocas clamorosas por un instante más de eternidad.


Stéphanie Pau Tombetta

domingo, 14 de julio de 2013

XLV

(Y buen viaje).

En la vorágine de la soledad, estado de simplicidad,
cual acero centelleante, el fulgor se hizo notar.

En la desesperanza fulminante, arenas movedizas,
en retirada el desamparo reculó.

En compañía radiante, mayestático destello,
ávido atisbo solar comenzó a regocijar.



Stéphanie Pau Tombetta

viernes, 12 de julio de 2013

XLIV


A la derecha de mi izquierda siempre fue derecha.
Hacia el horizonte siempre hallé el cielo.
A los árboles siempre los anidaron los pájaros.
No habrá nada más que ver, me quedaré ciego.


Stéphanie Pau Tombetta

miércoles, 10 de julio de 2013

XLIII

Me muevo

Mezclo el café con esta cuchara
en la que mi reflejo mortecino vi
y el que resplandece hoy a la par de la metalizada.

Veo mis pasos en este revolver brebaje:
los retrocedidos dados, regresivos hoy memorados,
y los que se abalanzan con furia circular hacia adelante.

Mezclo este café y percibo el movimiento,
el que no puede parar ni echarse para atrás.
Este café que no tan pronto dejará de humear.


Stéphanie Pau Tombetta

martes, 9 de julio de 2013

XLII (II).

Para sobrevivir

Se mueve lento con tal de estafar al tiempo.
Gana sensatez que, tan pronto como podrá, descartará.
Vive el absoluto presente rememorando su muerte.
Hacia dónde irá la gente cuando no está.


Stéphanie Pau Tombetta

XLII


Programados por otras mentes y manos
—si no es la Mano—,
nunca las suyas;
a pila,
a dinero,
a hedonismo,
todo pasajero.
Automáticos de colección,
¡tan sólo observalos un rato!
Juguetes.

Muñecos de porcelana fría,
muy fría, se resquebrajan al mínimo contacto
¡y no pueden estar solos!
Fragmentos fragmentarios.
El automatismo los delata
y lo ignoran.
Juguetes.

Y viven.

Se miró,
se escuchó,
lo confesó
y escapó.

No vive.
En tanto los mira.


Stéphanie Pau Tombetta

miércoles, 3 de julio de 2013

Tal vez.

Desmadre

            Salió de su casa con la inquietante tranquilidad de que el día transcurriese como cualquiera de los otros. En un bolsillo del pantalón había guardado las llaves y algo de plata; en el de la campera, el atado de cigarros que lo complacería. En otro, puso algo más, se lo llevó encima también.
            Subió al colectivo que lo llevaría al sitio donde trabaja. Una vez en él, comenzó a inspeccionarlo, fisgoneaba, «pobre esa gente que viaja sólo con su mente. Me posiciono en el lugar de “pobre” y viajo con mi mente y todos los allí muertos. Mundos remotos compactados en una lata apenas iluminada».
            Descendió del gran vehículo. El fulgor del sol que rebotaba en las piezas brillantes de los automóviles encandilaba su vista. Y éso, éso de más que llevaba le hacía el paso tan pesado. Sintió de pronto un malestar que lo paralizó. Inmóvil, expuesto al voraz viento de aquel mediodía y al dinámico juego transitivo de los demás sujetos atolondrados, con paso apurado.  Incapaz de identificar su repentina flaqueza, allí quedó detenido largo rato, apresado por alguien, por algo, por él, tal vez. Digo “tal vez”, no les puedo asegurar nada.
            Como un lumpen abandonado, se dispuso a recostarse sobre el escalón de alguna casa. Tras fallidos intentos, logró desbloquear su mente, aunque no era sino una hiedra de innumerables ramificaciones. Espesos pensamientos merodeaban en ella, efímeros algunos, otros no tan fugaces en los que ahondaba. «Vivir. Vivir en la búsqueda, encima del sentimiento, sobre la dubitación y las idealizadas ilusiones inabarcables. Vivir sobre todo –¿vivir, sobre todo?–, vivir sobre nada, vivir en el momento y chau. Sobrevivir, sabiéndome muerto». Gélido, reflexionaba, el frío se apaciguaba.
            La tarde cayó enérgicamente junto a él y se adentró en las fauces de la noche y su repugnante lobreguez. Abandonó su estancamiento y decidió caminar de regreso a su hogar con el lastre que estibaba sin descargar desde su salida al mundo exterior.
            Transitó raudamente esas mortíferas calles de un jueves por la noche. Desconcertado, pensaba, «le fallé a mi día, quizás sea que él me falló a mí».
            Parado frente a la puerta de su casa, revolvió los bolsillos en busca de las llaves. En esa rápida búsqueda, halló algo más: encontró miedo acumulado, aquello que no había podido desentramar en su día de marginado a la deriva.
            La calidez de sus conocidas paredes apenas lo calmó de su día trajinado. En tanto, la incertidumbre de su acontecer lo desarticula paso a paso.
            El suicida acobardado cargaba con su muerte aún viva. «Pusilánime, amoral o no, necesario o no, forzoso o no, bien o mal y éso qué es. Acusado y sentencioso en mi juicio final. No soy otro cobarde».



Stéphanie Pau Tombetta

martes, 2 de julio de 2013

XLI


Piezas de ajedrez acomodadas.
Desordenadas, en movimiento.
Pausadas jugadoras.
Raudo desplazamiento.
Pasadizo hacia allá.
Fin del juego.



Stéphanie Pau Tombetta