sábado, 29 de junio de 2013

XL

Rapiña

El suave sentido
de mi latido y tu andar,
plumaje de ave acariciar.

Mirada al acecho.
Sospecho: asesinás y vida regalás.
Envuelta en terneza fugaz, vuelo corto.

En pausa, quietamente se entrega.
Acelera y se estrella,
ante su verdad se encuentra.


Stéphanie Pau Tombetta

viernes, 28 de junio de 2013

En tanto.

Infiltrado

            Entre el cálido sabor del sol y la cautivadora sombra, caminaba. Mis pasos calentaban más el sofocado asfalto pisoteado, olvidado. Vagaba, desconociendo cuál sería mi destino.
            Doblé por la esquina ya doblada y tomé por la avenida, fueron varias cuadras, me dice mi memoria. Mi mirada retrospectiva recordaba la arboleda que inundaba la acera, antes de ser sólo este cúmulo de edificios y muchedumbre, cuerpos que pasan sin mirar.
            Otra mirada, distinta a la mía, un golpe violento para cualquier estante. Simpatía encantadora cruzó a mi vereda, ya no mía o compartida. No sabíamos quiénes éramos, pero nos conocíamos de la vida. La vida, siempre la vida, la que me hace estar y no estar, perderme para encontrarme, disponer de mí y tenerme acá repasando este hecho anecdótico sobre un papel, la que me hará olvidarme de mí, otra vez.
            Ambos, de este lado. Insistió largo rato persiguiéndome con sus ojos, ésos, esos acechadores. Ésos tatuados de símbolos que yo conocía, de algo  que no vivía. Pero signos de algo que no comprendía, un “algo” que no lograba descifrar.
            Líberos, maravillosos espectadores. Sentí caricias, de ellos provenían. Segundos que se hicieron minutos, minutos convertidos en horas, horas petrificadas. Fuera de tiempo, ya no módulos temporales, sólo materia y su presencia obnubiladora.
            Ya había perdido de cuenta si caminaba o, quizás, me elevaba. De igual manera, ya no estaba ahí. Fuera del espacio.
            Cuando me hallé, estaba intrincado en pupilas que hacia lejanas umbrías se dirigían. Un cosmo de acertijos, ninguno de los demás hubiese podido desentramar lo que aquellos ojos percibían. Ni siquiera yo lo hubiese conseguido, mi condición de presidiario lo impedía.
            Caminaba confinado y caía, confluyendo en un caudaloso lagrimeo, por su rostro descendía y caía, no más que caer podía.
            Caminaba atrapado por el cemento, pisaba atómicas gotas. A través de su mirada me filtraba, ella me soltaba y era así como, subyugado, me desplomaba hacia el pavimento.
            Perdido, inmerso en la estridencia de la urbe, en aquel mustio paisaje bañado de cemento, la vi. Con una ternura sin igual, me miró y me sujetó. Caminé acompañado.



Stéphanie Pau Tombetta

miércoles, 19 de junio de 2013

XXXIX


Lágrima a flor de piel.
El ojo es un río.
El río y su enérgico caudal.
La tormenta y su grandiosa potencia.
En pleamar, la azotó.
Entre el sopor, desapareció.


Stéphanie Pau Tombetta

domingo, 16 de junio de 2013

Otra vez y otra vez y otra vez y otra vez.

Cada día todos los días

                Era un domingo de invierno, de esos días que con facilidad distinguís. “Mañana” sería un lunes, uno más, uno menos, uno como siempre. Tiempo ralentizado e inercia, de la mano. No quiso salir a la calle, se enclaustró en su habitación, de allí apenas asomó.
                Derramaba su tiempo en lecturas y escritos vanos. Puedo asegurar que en ello –en casi todo, todo– era muy estructurado.
                Aquel día decidió no hacer nada de eso y hacer nada, vaciar eso a lo que disfrazamos y sutilmente le otorgamos el rótulo de “tiempo”, tal vez por no llamarlo “ficción del averno” o de alguna otra forma que ahora no puede emerger de mi mente.
                Resquebrajada su rutina, en los fragmentos que de ella quedaron, la volvió a ver toda armada, horario por horario, acción por acción. Se lamentó. Sintió pena por pertenecer a los días.
                El día, ese lapso que convenimos denominarlo así, tuvo que terminar. Por haber comenzado, llegó a su fin.
                Ya era mañana, el alba recién brotaba. Sin ningún titubeo, se dispuso a continuar con su rutinaria vida: abrió la puerta, la de todos los días –siempre entrada, siempre salida–, con la misma llave de siempre. Desbloqueada, abandonó la casa con su eterno olor a tostadas quemadas de sus desayunos y salió a reproducir la repetición de acciones que cabían en su vida, quizás ese lunes con alguna variación, pero todas hechas actos. Misma esencia subyacente, diverso contenido. Siempre actos.
                Regresó por la noche muy cansado. Se propuso dormir, algún pensamiento inoportuno afloró y se adentró en el ensueño con mayor esfuerzo.
                Su día terminó, otra vez. Su presente es pasado, otra vez.



Stéphanie Pau Tombetta

viernes, 14 de junio de 2013

XXXVIII


Noche y día.
Llegados, partidos.

Vestigios de fragmentos,
trozos de minucias.


Stéphanie Pau Tombetta


lunes, 10 de junio de 2013

XXXVII


Derretidas las paredes,
se esconden las ventanas,
puertas claman por ayuda.


Dime si sabrás arrancarme de acá.


Stéphanie Pau Tombetta

viernes, 7 de junio de 2013

Inexcusable.

Oquedad

Segundos y el cigarro que abrasaba la punta de algunos de sus dedos, ya consumado. No estaba ahí sino por sentir ese calor, ese abrigo que nunca antes siquiera se había propuesto usar. No lo sentía tan cómodo, pero lo usaba y era eso lo que suscitaba extrañeza en los demás que lo miraban. Siempre tan inconformista y reacio ante lo que menospreciaba. Y lo usaba, eso sí era raro.
Ese día que ya no recuerdo cuán lejos o cercano a mi presente está, ese día que despertó atrapado en él, escondido cual tortuga centenaria en su añoso caparazón. No sé qué pasó, no lo supe tampoco.
Enajenado, aunque resguardado, potenciaba el ardor de haberse hallado en una tierra así de candente, agobiante. Un despertar con vestigios de aullidos nocturnos y dolor concentrado.
Una mañana, despabilar, la explosión y el viaje hacia aquella desconocida dimensión.
Cargado con todo su pesado equipaje, sus pies se alivianaron al palpar la esponjosidad que recubría la superficie. Incuestionablemente menos incómodo, pese a su por poco incargable bulto, ése, repleto de objetos y artefactos que allí ya de nada le hubiesen servido.
Fuera de la densa atmósfera, era libre de vagar y abandonar aquel insoportable bagaje. Nueva extensión territorial, no singular, la que lo solazaba de su vida simultánea, la otra, la que, cada tanto, se le superponía. Una yuxtaposición, ahora, evitable, aunque, finalmente, lacerante.
Algunas veces, acá. Otras, allá. Siempre más allá que acá. Cómo le costaba quedarse, cómo le fascinaba alejarse.
El caparazón, si de fracturas conocía. Siempre junto a él: acá y allá. Más allá también. Lo protegía y a él tan difícil se le hacía cargarlo, pero seguía. De veras, él seguía: acá y allá.
Allá, un líbero sin igual. Acá, alguien lo quería matar, ni a la cara lo podía mirar. Esa fornida mirada, yo tampoco la puedo olvidar.
            El rebasamiento de sangre que hubiese sido volver a acá. Forzosa situación, migró definitivamente para allá. Se estableció, hoy ya no nos vemos más.
Quedó no más que un caparazón roto, más aún, y vacío. Cada tanto, paso y lo veo, siempre igual, ni una grieta de más. Y no lo sentía tan incómodo, era un buen abrigo. Hasta diría que me era agradable usarlo.


Stéphanie Pau Tombetta

martes, 4 de junio de 2013

Uno-cero-cero-cero.

"Nimio Edén
Páginas vistas: 1000"


Cañitas voladoras y papelitos de colores para festejar. 
Gracias.

St.

lunes, 3 de junio de 2013

XXXVI


Un latido,
un suspiro.
  Así me iré yo,
  yéndome,
  como me fui.


Stéphanie Pau Tombetta

sábado, 1 de junio de 2013

De dificultosa metabolización.

Encepada

            ¿Cómo habría yo de matarme en esta casa desprovista de muerte? Una cuna en la que por poco nací, un lecho en el que dormir y esta muerte grata que se escurre entre mis días. Escapa, corre con prisa. En tanto mi esfuerzo se desvanece.
            Mis poros sudan sangre. Exangüe, me miro: no hallo esa figura blanquecina, sino más bien azulada, todavía con vida. Y esta muerte obsesionada por alejarse, se me escapa. Ésta que no me deja seguir con el que alguna vez fue mi ritmo de vida, ésta que miro y me devuelve la mirada, mas huye despavorida. Me es tan cercana, puedo asegurar. Llegada, sin haber arribado. Si algo más de ella pudiera palpar… Mi gran hallazgo en la existencia: esta exigente fugitiva.
            Embriagado de ella voy. Me frena, juega al peaje de autopista. Ni pagando me levanta la barrera.
            Las paredes, vacías, algún que otro cuadro, siempre vacías. La mesa en el centro de la habitación, apresada por un cúmulo de objetos que todo el tiempo me observan, apenas puedo tocarlos, tan inútiles se muestran y me entregan, con una impostora sutileza, la realidad dibujada –tal vez, debiera ser más preciso y decir “desdibujada”–. ¿Realidad? ¿Cómo puedo estar hablando de ella? ¿Cuál de todas es? A veces, cruda; otras, humorística; también, por momentos, ridícula. Ridícula como mirarme al espejo y encontrarme con el muerto en el reflejo, el que fracasó quién sabe cuántas veces y cuántas más lo hará, el que vivió y ya no sabe afrontar –no por mucho más–, quien por encima de él caminó la vida y también lo arrasó la otra, la prófuga que, aunque no se ancló, sí se me apareció. Sin querer estar, vive en mí y me propone esta poco lúdica dinámica del gato y el ratón que huye, y no es que yo me crea en el rol de roedor.
            Dos fugitivos: una, de la vida; yo, de las infinitas realidades que no cesarán sin mi empeño ni de por sí dejarán de quitarme el aliento.
            Mientras tanto, como quien espera que el colectivo acelere e inicie su recorrido hasta dar con la llegada, juego a estar vivo, correteando detrás de la oscura enceguecedora que me seduce y se va. Ésa a la que llevo dentro mío, que pronto se adueñará de mi hálito matutino.
            Nacido muerto. Muerto, vivo. Algún día, me levantaré la mano a mí mismo y me daré el golpe, el ansiado.
Aún no sé si estoy listo para dejar de ser un averno. Tampoco esperaré a que los pliegues de mi rostro afloren cual begonias en un jardín. Que sea justo a tiempo.
Y aquí vivo, en esta morada lejana a la muerte, mientras ella hiberna hasta en mis vísceras.



Stéphanie Pau Tombetta