jueves, 30 de mayo de 2013

XXXIV

Muerto el venado.
Bañado en sangre.
Un suspiro ya no es más.
                                  
El achacoso y el abandonado sollozo.
Por el raudo pasadizo
hacia el éxodo de la orbe.


Stéphanie Pau Tombetta

lunes, 27 de mayo de 2013

Código-realidad. ¿Realidad?

De la cima a la sima

            Su letra desfigurada en un trozo de papel añoso. Miraba por la ventana y sólo al horizonte encontraba. Gélida habitación en la que sus pensamientos jamás se petrificaban. Falsa esperanza que, tan pronto como en ella pensaba, se derrumbaba.
            Su mano derecha bajó el picaporte y, de golpe, la puerta volvió a cerrarse. Ya se encontraba afuera, bajo la mirada de las sombrías nubes que su sombra le habían arrancado. En la cima de la luctuosa montaña, una minúscula casa y su lúgubre apariencia, un espectro escéptico sobre tierra. Piedras esparcidas, así como acomodadas, también desacomodadas con sus pies en sus pasos sobre ellas.
Algo buscaba, desconociendo qué. De pronto, bajó la mirada y dio con el hallazgo: el antiguo rompecabezas con el que solía divertirse en su infancia. Desglosado, incontables piezas, libres entre ellas.
Su cuerpo se escurrió hasta quedar apoyado en el suelo, con los pies orientados al precipicio. Allí, en el borde, se apoltronó incómodamente. Se las acercó, las movió un poco, eran varias. Comenzaron a estar unas más cerca de las otras, hasta algunas coincidían entre ellas y se enlazaban. Seguían siendo muchas segregadas. La dirección de su mirada variaba entre los trozos de cartón –amorfos para mí, con forma para ellos– y el interminable vacío del abisal más allá del barranco, colmado de plantas secas y un espeso polvo grisáceo extendido en el nebuloso espacio.
Sintió frío. De alguna manera que no sé, se las ingenió con precarios elementos e improvisó una pequeña fogata que pronto se consumiría. Cenizas volátiles de aquélla cedían y caían hacía allá abajo. En tanto, el rompecabezas seguía siendo un montón de formas dispersas, inconcluso, poco se dilucidaba de su entera imagen. Con algún dejo de desgano, prosiguió con el esfuerzo de armarlo.
Un viento fuertísimo se desencadenó. El fogón ya no era sino brasas apenas calientes. Las piezas en algún momento empalmadas volvieron a disgregarse. Muchas, dirigidas hacia aquella oscura profundidad, se perdieron.

            Un rompecabezas jamás consumado, inane el empeño en él depositado. Un alguien a veces más allá que acá y yo, escribiendo estas palabras en un trozo de papel añoso que, tal vez, nunca volveré a leer.


Stéphanie Pau Tombetta

domingo, 26 de mayo de 2013

XXXIII


Pienso:
un sentir
un decir
viviendo 
en el silencio.



Stéphanie Pau Tombetta

viernes, 24 de mayo de 2013

XXXII

Exangüe


En la inmediatez de lo que no dije.
En la viveza de aquello que no fuimos.
En la falacia de lo falso que no falseamos.
En lo que supimos ser y allí nos hemos perdido.


Stéphanie Pau Tombetta

jueves, 23 de mayo de 2013

A la brevedad.


Fariseos

            Constante verborrea en la que te ocultás. Idílicas sonrisas que simulás, falaces, ¿alguien conocerá lo que esconden?
Opacos gestos pretenciosos de verosimilitud. Pérfidos, mienten, y vos falseás  tu libertad.
Sonrisas de esas siempre vistas, siempre listas para lanzarse como una bocanada de aire desde los bronquios hasta dar con el suicidio por la boca.
Sonrisas te disfrazan, morís en la verdad, tal como ellas. Se disipan en la neblina del amanecer y lloran, desgraciadas, lloran. El desconsuelo aflora, flota en tu densa atmósfera. Aquéllas se reproducen, reaparecen, nunca te dejan en paz.
Sonrisas estalladas entre bombas de humo, inconformes, se desfiguran en la refulgencia de este nuevo alba. Renovadas, siempre disimulando tu realidad. Grueso es tu revestimiento, aunque quebradizo.
Intermitentes y pesadas, te enmascaran y alivianan tus sentencias a muerte ya declaradas.
Al borde del peñasco, mantenés las sonrisas, osás reír. Te abalanzaste. Fuiste lo que no quisiste y detrás de ellas te solapaste. Escapabas, al igual que recién. Recién, pero por última vez. Te perdiste en esta supervivencia junto a ellas.


Stéphanie Pau Tombetta

lunes, 20 de mayo de 2013

XXXI



Lágrima a flor de piel.
El ojo es un río.
El río y su enérgico caudal.
La tormenta y una grandiosa potencia.
En pleamar, la azotó.
Entre el sopor, desapareció.


Stéphanie Pau Tombetta


domingo, 19 de mayo de 2013

Un algo.


Abstraído

            Despertó ese ocho de abril de algún año que ya ninguno de nosotros recuerda. Acometido por el sopor implacable que varios días llevaba en él, poco podía pensar. Apenas dilucidaba lo desmejorado que se veía en el reflejo que le devolvía el espejo rayado del lúgubre pasillo que lo llevaba de habitación a habitación.
            Apoltronó sus casi solamente huesos en la cama, la que alguna vez le fue confortable. Ya no más de eso. Tampoco lecturas nocturnas, no más que rutinarias pastillas para, a duras penas, pretender aliviar la agonía. Enfermo, deslucido, yacía sobre su colchón, envuelto en sábanas y un acolchado negro desteñido. Sobre él, su intimidad vejada y el intimidatorio pesar, el saberse muerto, al igual que los demás, muertos en vida. Se diferenciaba de aquellos por su consciencia, él lo sabía. Le retumbaba en los oídos, le vibraba en la vista. Reposado sobre un añejo colchón, entregado a lo incierto.
            Su par de ojos se entrecerraba, balbuceaba frases que no comprendía, ni las palabras le quedaban. Desnudez, sin habla, pensamientos tenues e intermitentes. Arduo esfuerzo, logró conciliar el sueño, salir de él, no lo sé.
            Despertó sin ganas de haberlo hecho. No, no fue él, si era lo que menos deseaba. Seguro lo hizo algún otro. Despertó ya sin todo lo que había manipulado anteriormente a que lo embistiera esta rareza de afección. Despertó sin todo y con nada, nada más que dolor.
            Llegado el mediodía, no supo cómo ni cuándo se acercó a él, el sol dio un enorme salto e ingresó por su ventana. Tan agrio y refractario, no lo quería en su alcoba. Una absoluta insipidez la rebasaba. Postrado en su cama, su energía, limitada, escasamente le permitía entender qué era esa luminiscencia que lo inundaba, sin siquiera pedir permiso.
            Trozos de tiempo, minutos de extenuación. Reabrió los ojos que había cerrado ante tanta refulgencia. Seguía sin todo, ni siquiera un algo. No más que penas ahogadas de tanto hundirse.
            Ahora, cerniéndose sobre él la desazón, emerge de sí el impetuoso deseo de pronta curación, transmutación. Rebelde, opuesta a él. Si cada movimiento que modificaba su posición lo cansaba –pocas veces alguno lo animó–, se desacomodaba, y con lo temeroso que es…
            Y cuando agarre la de doble calibre, todo estaría terminado y no sería sino piezas de un rompecabezas jamás consumado.
            Un despertar, la realidad. Tal vez, la ensoñación, alucinaciones de una extraordinaria mortuoria enfermedad.


Stéphanie Pau Tombetta

sábado, 18 de mayo de 2013

XXX



Hojas,
deslícense,
déjense caer
y caer
hasta que haya nada
y caigan,
caigan
hasta que hallen el ser.


Stéphanie Pau Tombetta


jueves, 16 de mayo de 2013

XXIX


Luces lejanas,
ácidos vestigios
de lo que nunca fue.

Mortuoria incandescencia,
está por venir.
Evanescente figura en comunión
con ánimas insistentes por la prolongación.

Vidas fermentadas.
Suplicio, aunque finito,
inmerso en la inmortalidad
de sus agotados días.

Detrás de la vidriera, allá,
y esta sombría seductora
con su mirada perseguidora.

«Continuará» condenado.


Stéphanie Pau Tombetta

martes, 14 de mayo de 2013

Sólo por diversión. No por otra cosa.


(Acribillando a Julio Florencio Cortázar).

De ese 168 mortecino rápidamente descendieron. Entre sopor y extrañeza merodeaban sus sensaciones. Juntos caminaron largo rato, sintiéndose un mismo ser, uno igual al otro: dos mentes decididas a resolver el enigma convergían en una nueva que se estaba gestando.
Poco y nada entendían de la rareza que habían provocado en los demás durante ese fatigante recorrido. Villa del Parque-Retiro, dos boletos de quince, algo tenían de iguales.
Sus curiosas miradas se cruzaban, en pocas palabras se encontraban y se preguntaban y y pensaban y se preguntaban.
            El viento en la cara, el chicoteo en los árboles, las palomas congregadas por unas migajas de pan y un andar de dos hecho uno. Y cuando menos se esperaba, Clara, sin trémulo, afirmó:
Iban de regreso a sus casas, mientras nosotros subimos con la certeza de querer seguir el viaje.
—¿Y ahora nosotros adónde vamos?—, respondió el joven con una inquisición desesperante.
—Vamos. Eso. Nosotros vamos, ellos no—.
—¿Pero estamos vivos? ¿A vos te parece?—.
Se miraban, se dudaban y, de repente, se disgregaban. Ya no eran fruto de una misma esencia. La incertidumbre los desarticulaba y dos espectros caminantes se avistaban en la plaza.
¿Eran vistos? ¿Alguien los veía? Si hubiesen bajado también en Chacarita…

(Un intento de final distinto de "Ómnibus", Bestiario).


Stéphanie Pau Tombetta

domingo, 12 de mayo de 2013

XVIII

Hacia atrás

Aposentados en el movimiento.
Esquina desfigurada.
Ahora, rectangular.

Camino desandado,
ida y vuelta
en el último asiento.
           
En la espera de la llegada,
que ya se fue
sin siquiera asomar.

Ventana clausurada.
Un cartel:
“prohibido”, no sabemos qué.

Se arremangó las mangas que no tuvo.
Cabellos duros ablandados.
Inhibido, se ahuyentó de sí.

Fugó para retornar
y nunca consiguió solaparse,
menos escapar.


Stéphanie Pau Tombetta

sábado, 11 de mayo de 2013

Revuelto de palabras.


Rechinante

            Acelerados se deslizaban a lo largo del living del hogar, esquivando los ásperos sillones, dejando pequeñas y fugaces huellas en la madera recién lustrada. Fascinados con solamente imaginar poner un pie más allá y en la lujosa sala introducirse.
            Sus cuerpos, espasmódicos, ya incontrolables, desde lejos la observaban, la deseaban. Trabajo de hormiga iban a hacer para llegar, al fin, llegar.
            Tan pronto como a ella se acercaban, la cuidadora de tal atractivo los regañaba e, instantáneamente, para atrás se lanzaban.
            Al día siguiente del intento truncado, esperaron a que la rezongona saliera al parque o, tal vez, también les hubiese sido útil que estuviese en la galería, próxima al jardín, aunque más cercana a ellos. Pero era tan grande la casa.
            Ávidos por explorar, a pocos metros del límite entre sus vidas y las maravillosas que allí tendrían, resolvían quién de los dos encabezaría la misión. Él era mayor, no lo suficientemente para liderar y tomar las decisiones que el proyecto requería. Decididamente, ella se ofreció como la guía y, en definitiva, más que la mejor opción, era la única. Desde su mayor pequeñez a él, tampoco mucho hubiese estado en condiciones de definir para dar el golpe, mucho menos de asegurar victoria a sí misma y al otro. Había sido nombrada la cacique de la exploración, pero, subrepticiamente, se hallaba un duro trabajo consensuado, discutido y, a veces, alguna voz más fuerte que la otra. No pasaba a mayores.
            Invadidos por la preocupación, tanta tensión, temor y, sobre todo, laborioso planeamiento, calculaban cómo iban a dar sus primeros pasos, cuál de todos los objetos sería el privilegiado de ser acariciado antes que los demás y, claro, entre ellos surgía una disputa similar: ¿él o ella agarraría, lleno de ansias y anhelo concentrado, el primer elemento? Ella era la líder, quien se suponía que hacía la labor más dura y especializada, lo cual no bastaba para dar con la elección más adecuada.
            Abismados en la más inocente audacia, discurrieron un rato acerca del plan, largo pareció, pero no lo fue, sólo algunos minutos. Quien estaba dispuesta a reprenderlos permanecía lejos de ellos.
            Se precipitaron y al gran salón entraron. Aquella a la que, previamente pactado, consideraban paladín de la batida no ejerció con precisión su oficio. Él los dirigió. Ya no estaban asomados, sino en tierra firme que, a decir verdad, en cualquier instante podía ser derrumbada. Poco importaba, nada de eso importaba. Estupefactas sus miradas dirigidas a esos cristales hechos copas, también a los relucientes platos de porcelana. Esa relumbrante mesa de brillante madera, protegida con vidrio, tan seductora.
            Fuera del orden habitual, ambos maravillados: piezas fulgurantes, frágiles, solicitantes de mucho cuidado, y ellos, por ellas rodeadas, y dispuestos a darles lo que necesitasen.
            Entre tanto éxtasis y satisfacción, llegó al comedor el gruñido censurador. Sin escapatoria. Únicamente podían salir, abandonar el Todo radiante que los iluminaba.
            Afuera, de vuelta en sus tardes de parque o living, antesala de la fantasía, y esa zona alguna vez oculta, incrustada en sus días venideros. Por fin desentrañada, para siempre inaugurada.  


Stéphanie Pau Tombetta

jueves, 9 de mayo de 2013

XXVII



Las palabras lo rebasan.
El entorno merodea.
Las veredas se desplazan
Sus pies reculan en callejones.
Sus penas suplican grises blanquecinos,
llegando al horizonte oscurecido.


Stéphanie Pau Tombetta

martes, 7 de mayo de 2013

XXVI

Inhabitado

Paredes trazadas con verísimiles sombras.
Persianas plegadas, encantadas por la apertura,
planean permitir la salida.
Estrellas fugaces en colisión.


Stéphanie Pau Tombetta

domingo, 5 de mayo de 2013

XXV

Tiene frío
tiene precipios
tiene final
(no tiene principio)
tiene retazos de un alma
tiene abismo
(quien me atesora)
tiene muertes
y un florero vacío.



Stéphanie Pau Tombetta

sábado, 4 de mayo de 2013

XXIV

Lissitzky.

El cuadriforme envuelto en el interminable círculo, sitiado por figuras pasajeras, idas, carentes de silueta.
Nada espera de su derredor. Abismado será por el circundante y yo no estaré.  Ya no seré, si alguna vez fui.


Stéphanie Pau Tombetta

XXIII



Deseos de huir comen de mí.
Recuerdos de un ser absoluto
que supo ser.

Yo fugado, perdido.
Bagajes mentales,
momentos huyen de aquel prófugo.

La efervescente insustancialidad
gobernante hoy de esta oquedad.


Stéphanie Pau Tombetta

jueves, 2 de mayo de 2013

XXII


Prisma de mil caras
tras una misma cara.

Endeble maquillaje solapado 
entre la tersura de su etérea piel.

Rostro nacarado
de verdades simuladas.



Stéphanie Pau Tombetta