martes, 30 de abril de 2013

En mayúscula.


Orbe de los condenados

Dictador, sos tu propia ley y te condenás.

Hartas decisiones tomó y, así, a su vasto gobierno dinamitó. Imperio regido por sus fuerzas, formidable es su poder. En él, impotentes los nativos se sienten. ¿Qué pueden hacer? Tan necesitados de Él.
Propietario de vidas, tan arrogante, destructor y hegemonizante. Siempre silencioso, por lo bajo, movimientos y sonidos bajos.
Universos remotos: su consciencia autárquica y los demás, sometidos a sus pestilentes pautas asoladoras.

Autócrata, sólo vos ponderás y ponderarás, si claro lo tendrás…

Dueño del averno, caluroso, sofocante, observa a sus lacayos con la frente en alto, si sólo supremacía en Él puede experimentarse. Ella mira a aquel ser petulante y se sumerge en una órbita súper estelar de bronca, odio, pena, odio. Cada astro de su infra-cosmos lo repele  enérgicamente. ¿Qué puede hacer? También rendida a sus pies, también súbdita es. Tan necesitada de Él.
El consagrado, bañado en falsa humildad, vilmente agradece la fidelidad de los convertidos en s-ciervos de un solo cuerno. Éstos, débiles y debilitados, ofrecen su lealtad, la ya inapelablemente entregada.
Poder Absoluto, Gran Deidad, guía a los infaustos hacia la infelicidad. Él les brinda y les quita, ellos dan y sigilosamente de Él deben cuidar. Largo es el camino y el Gran Señor cansado está: en andas han de llevarlo —indigno de tal atrocidad—.
—Yo me rindo, Su Majestad—, la vasalla exclamó.
—¿Adónde vais? Vosotros os quedáis acá—, replicó.
El llanto estallado, sollozos y el Orden intacto. Siempre relegados a la Ley, nadie abandona al Rey.




Stéphanie Pau Tombetta

sábado, 27 de abril de 2013

XXI


Aquellas hojas deshidratadas. Ésas que pertinazmente seguían mis pasos. Sibilinas, cómo crujían, qué mal se hacían oír. Y un pájaro, estridente su confesión. 
Declaraciones de una vida ya vivida, aunque viva, aunque muerta.


Stéphanie Pau Tombetta

martes, 23 de abril de 2013

XX



Despertando. Rompiendo.  Durmiendo. Sintiendo. Naciendo. Corriendo. Muriendo.
Siempre escribiendo.


Stéphanie Pau Tombetta

domingo, 21 de abril de 2013

Si al menos quisiera ser.


Jadeante

            De charco en charco, chapuceaba. Sus zapatos, empapados. Ni hablar de sus ropas.
            Desnuda, vagaba desnuda. Un par de pies desfilaba sobre lagunas de llanto disfrazadas con lluvia y humedad. Su cuerpo, al roce del viento, se desfiguraba. Más que forma, brillo y suavidad desprendía. Doliente, carecía de piel. De veras, al desnudo iba, pocos lo percibían.
            Agonizante, algún rumbo seguía. Agitada, viajaba con tanta prisa. ¿Quién hubiese sabido adónde iba?
            Pianos desafinados retumbaban envueltos en el eco que su presencia invocaba. Breve e intermitente como un relámpago de tormenta de verano, su calma brotaba de sus carnes. Poco duraba, evanescente, se escondía, huía. Sabía que en ella poca vida tendría.
            De charco en charco, se hundía. Una profundidad sin antecedente, inexplorada. Hacia allí su cuerpo se dirigía. Necesitaba primero conocerla para poder siquiera asomarse.
            De miedo henchida, se abalanzaba y atrás quedaba el terreno, aunque mojado, ya conquistado. Cuán mágico le hubiese resultado abandonar ese febril trance debajo de la tormenta, hundirse en aquella grieta rebasada de agua enlodada y, tan pronto como pudiese, emerger de entre tanta turbulencia. Así como si nada.
            Algunas veces, desde allí inmersa, se encaprichaba con la idea de ser futuro. Sus fantasías navegaban junto a ella: salir a flote y escabullirse del ahogamiento que con brío se le anteponía cómo abundaba la falta de oxígeno y, tal vez, también aprender a nadar. Entonces, desplegar su averiado cuerpo a lo largo y ancho de la extensión de diáfanas aguas del océano para, finalmente, con sus extremidades más próximas al suelo acariciar arena de algún islote perdido, al igual que ella.
            Mientras tanto, no podía más que zozobrar sumergida en el violento mar, ese que alguna vez supo ser laguna y ni pretendía alcanzar tal vastedad. Sólo quería invertir el aplastamiento y ser ella, en completa desnudez, quien arrasase con esa inmensidad acuática.
            Lo único que le era posible hacer era pretender y nada esperar, sentir la obligatoria asfixia y resistir hasta que el piano dejase de resonar.
            Hubiese querido ser futuro.


Stéphanie Pau Tombetta

viernes, 19 de abril de 2013

XIX



Febo ha arribado.
Arduo salto,
su alma ha inundado.

Intangible,
ininteligible,
digno de verdad.

Auténtico y autorizado,
en aquella criatura se ha anclado.


Stéphanie Pau Tombetta

lunes, 15 de abril de 2013

XVIII



Yo no tengo rostro.
Yo no tengo manos.
                                   Y ese rostro no es mi rostro
                                   y esa mano no es mi mano,
                                   
sino de aquel ser inanimado,
ese que camina apretando mi mano.



Stéphanie Pau Tombetta

domingo, 14 de abril de 2013

XVII


Ese ofidio impetuoso que a la obsidiana quiebra.
Esa fuerza cautiva que con vigor se suelta.
Esa bestia escamosa que devuelve esencia.
Esa vida recelosa que insiste con la permanencia.



Stéphanie Pau Tombetta

jueves, 11 de abril de 2013

Otro que juega a ser literario.



Duplicado y singular

Doble cabeza y, como si fuera poco, giboso. Una compleja complexión, pero una misma masa amorfa, desfigurada. De repente, un cuello son dos sesgados y una cabeza, dos esferas contrapuestas. A veces, una encima de la otra o la otra oculta en su vecina. Dos cráneos rellenos y recubiertos, asimétricos, desiguales. Dos vidas contemporáneas, desfasaje de miradas.
            Hades, autónomo de esa pequeña —y por poco invisible— cabeza que vive a su lado. Orfeo, a la izquierda, marginado. Éste, que valentía aparenta poseer, busca zambullirse en un mundo que desconoce: en el Hades va a penetrar. Pobre infeliz, si supiera algo más... El Gran Supremo del Inframundo ansía que sea uno más de su lugar.
Cabeza Izquierda decididamente se entrega a la voluntad que el Superior ya le declaró. Sabe la verdad. Pese a ello, en Él va a ingresar.
            Recorre incansablemente el camino con destino inequívoco, afronta a miles de demonios que ante él se interponen, a infinitas tormentas sobrevive. Ya va a llegar.
            El animado viajero se halla ahora situado en las fauces de la morada de los muertos, cuando, de pronto, una improvista vislumbre de vida de allí lo quiere desterrar. Este débil viso, que apenas brilla entre tanta oscuridad, parece haberlo devuelto al mundo de los vivos. Pero cómo antojar tal grandiosidad de una efigie, encima fatigada.
            El excelso, hambriento de vidas, tan sólo ha permitido retornarlo a su izquierda y concederle el deseo a esa audaz e irreverente ilusoria salvadora de que vuelva a ser una cabeza a su lado. En tanto, su alma se aposenta en el vasto averno al que, ingenuo, sin temor, consiguió adentrarse.
            Fabuloso ser desproporcionado de dos cabezas, extraordinaria colmena de ánimas apresadas, Mundo Único, el posible de habitar.


Stéphanie Pau Tombetta

martes, 9 de abril de 2013

XVI



La ráfaga
arrasó
¡a la hoguera!
apagó
su calma
está descalza
sobre nada
sobre todo
a mil siervos ejecutó
alma abrasada
el Señor se acomodó.


Stéphanie Pau Tombetta

viernes, 5 de abril de 2013

De la Literatura o relativo a ella.


Clavada en su mirada

Detrás de las huellas oxigenadas de aquella mariposa diurna su instinto va. Drosera binata que sabe habitar la oscuridad, de día famélica está. Aquella que supo ser larva y prisionera en una compacta crisálida, hoy se desplaza por los aires, arrastrando todo su lastre. Quiere volar, entre las nubles planear, pero sólo puede revolotear, con ese peso que no puede desprender, apenas sostener. El vehemente anhelo de la planta, impostergable. A minuciar sus volátiles movimientos se va a dedicar.
            Un par de alas, otro de antenas y un sinfín de fallidos intentos de ascenso. Desde la quietud, la hambrienta se regodea al contemplarla extraer el néctar de las multicolores flores. La aleteadora tenaz de ellas se alimenta, pero cómo quisiera ser una más del jardín, y no sólo antenas y alas blancas y negras, desdibujadas.
Insiste en volar. Quiere volar, ser una súper mariposa en libertad y volar con liviandad tras metamorfosear, otra estructura anatómica, y despegar, fluir al son del aire, apreciar la bóveda celeste a una cercanía menos lejana, aterrizar, y, otra vez, abandonar la infecciosa tierra, sentir las caricias de la brisa en su atómico ser. Mariposa única de infinitos vuelos, sólo en su ávido interior de artrópodo pretencioso.
            La carnívora, acérrima cazadora, machaca con la mirada a la poseedora de resquebrajadas alas agotadas de luchar contra la corriente. Ésta, reposada sobre el centro del resplandeciente copete amarillo; la otra, sibilinamente atenta a los pasos en falso de la acechada. Un descuido, un amanecer enceguecedor, la panorámica vista de la bicolor restringida y el golpe perfecto de la devoradora.
            Ahora, un deseo mutilado, un cuerpo desmenuzado y la insaciable del reino vegetal ya alimentada.


Stéphanie Pau Tombetta